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De forma breve pero precisa, se podría decir que la heráldica
es la ciencia auxiliar de la historia que estudia la representación
gráfica de las personas, linajes y entidades en un escudo
o blasón por medio de piezas, figuras y esmaltes.
El nombre proviene del heraldo, es decir, el encargado de dirigir
los torneos y justas medievales y, también de registrarlos,
comprobando uno por uno el escudo o la bandera de los participantes
para demostrar su identidad.
La heráldica, tal y como la conocemos, nació en
el siglo XII aunque, mucho antes, el hombre ya tenía interés
en darse a conocer y diferenciarse de los otros con emblemas personales
pintados precisamente en su escudo defensivo.
El nacimiento de la heráldica se produjo en los torneos
para diferenciar a tal o cual caballero que, cubierto de hierro
de pies a cabeza, tenía que llevar algo que lo identificara.
La solución fue pintar el escudo con una señal.
Este uso de emblemas diferenciales parece que fue copiado por
los cruzados de Tierra Santa, pues las tropas musulmanas ya los
utilizaban desde hacía tiempo. Más tarde, esta idea
nacida en las cruzadas y puesta de moda en los torneos, se generalizó
entre las personas y familias que disfrutaban o alcanzaban un
cierto nivel social. La posesión de un escudo de armas
no es prueba de nobleza, si bien, y debido a su origen, ha sido
muchas veces así considerada.
La heráldica, como ciencia que es, se rige por una serie
de leyes y normas. Es de suponer que los primeros escudos fueron
pintados directamente sobre su metal. Estos metales son dos: oro
y plata, raramente acero. Las piezas se coloreaban. Los colores
son: el azur o azul; el gules o rojo; el sinople o verde; el sable
o negro; el púrpura o morado; carnación o carne
para el cuerpo humano, y el natural; raramente el anaranjado.
Las formas del escudo varían según las épocas
y los países. Nosotros hemos utilizado la forma más
corriente en nuestro país, es decir, el escudo llamado
cuadrilongo.
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